El sacerdote de Cristo o el Cristo del sacerdote

Seguramente a cada uno de nosotros le ha ocurrido preguntarse qué somos para los demás: aire, un criado, o quizá un maestro o un objeto de admiración. Y cuando se trata de nuestros amigos, ¿acaso no nos preguntamos también a nosotros mismos o a ellos si somos importantes para ellos? Si tengo una relación con alguien, él tiene siempre derecho a preguntarme también a mí quién es él para mí.
Y Cristo, por tanto, pregunta: „Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Se trata ciertamente de la divinidad de Jesús, pero, en la práctica, se trata de mí y de mi mundo de valores. En una jerarquía sana Dios es el primero, y entonces todo suele estar en su sitio. El desorden aparece junto con la deformación de mi jerarquía de lo importante. Y, sin embargo, más de una vez me ha sucedido tener una imagen enferma de mí mismo y centrarme tanto en mí que Jesús quedó del todo olvidado. La espiritualidad nos ha dado muchas herramientas para nombrar ese estado, y lo llama soberbia de la vida.
Mi sacerdocio, como sacramento, se eleva sin duda por encima de todos los demás estados, y de ahí puede brotar fácilmente en el corazón la tentación de considerarme mayor que los demás. En otro tiempo ese orgullo enfermo de mí mismo estuvo a punto de hacerme saltar por los aires. Tal es la desdichada gravedad del corazón humano. Cristo comprende mejor que nadie mi inclinación humana a esa debilidad, y de ahí su propio ejemplo: „Decid también vosotros: «Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos que hacer»” (Lc 17,10).
Siguiendo al P. Grudniok, debería recordarme cada día ciertos hechos que se desprenden de la observación: la soberbia no reza, la soberbia no reconoce a nadie por encima de sí. La soberbia no dobla la cabeza ni las rodillas, no admite exámenes de conciencia, nunca tiene de qué arrepentirse. La soberbia se basta a sí misma, solo cuenta con su propio parecer. La soberbia separa de Dios y de los hombres, porque brota de la mentira, de la falsedad, y edifica sobre premisas falsas. La soberbia mira a todos desde arriba, mientras que el hombre debe mirar la mayoría de las cosas desde abajo, desde la posición de criatura, desde la posición de la naturaleza caída: „Allanad las colinas, rellenad los valles (...)”.
Dichosos aquellos que no han perdido la capacidad de mirarse a sí mismos con verdad, de mirar sus errores, sus defectos, sus carencias; los que saben acoger con gratitud las reprensiones y las advertencias. Reconocer la enfermedad es ya la mitad de la curación. Y al cáncer de la soberbia hay que desenmascararlo antes de que sea demasiado tarde. La capacidad de reconocer los propios errores y la disposición a cambiar el propio modo de pensar y de actuar son un gran paso hacia la humildad auténtica. Santa Teresa de Jesús dijo una vez: „El error de quienes no avanzan en la vida interior está en la falta de humildad. Porque la humildad es el fundamento del edificio de la vida interior, y nunca permitirá el Señor que se levante demasiado alto si le falta un fundamento firme”.
La humildad no encorva al hombre, no le rompe la columna, no lo inclina hacia la tierra, no le hace bajar los ojos con vergüenza. El humilde, aunque siempre es crítico consigo mismo, es sin embargo consciente de su dignidad. Y yo lo intento: no obstinarme en lo mío, escuchar con paciencia, no ofenderme por cualquier motivo y, mejor aún, no ofenderme en absoluto. La humildad me es necesaria para que mi jerarquía sea verdadera, para que yo esté sano. Porque ¿de qué le sirve a nadie un sacerdote con el alma enferma, si no es para la burla y para ser pisoteado por la gente?
P. Jacek Nawrot

