El poder sacerdotal

Puesto que Jesucristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, coherentemente decidió instituir el sacramento del sacerdocio. La Eucaristía podía ponerla única y exclusivamente en las manos de un hombre elegido por Él mismo.
Dios mismo elige al hombre del que quiere servirse para entrar en contacto con nosotros. El sacerdote no es representante de los hombres; el sacerdote es representante de Dios. No son los hombres quienes eligen al sacerdote para que los represente ante Dios, sino que es Dios quien elige al sacerdote para encontrarse por medio de él con los hombres.
El Sumo y Único Sacerdote es Jesucristo. Él es el Único Buen Pastor, y a aquellos a quienes llama y admite a participar en su sacerdocio los trata como colaboradores. El sacerdote es elegido por Dios para trabajar en su redil. Todo sacerdote, por la ordenación, se convierte en colaborador de Dios. Jesucristo está siempre en su redil, está en la Eucaristía. Él está en la absolución, en los sacramentos, en la Palabra, en la comunidad, en el sacerdote.
¿De qué poder dota Cristo a los hombres a quienes llama a su sacerdocio? Ante todo, es el poder de purificar de los pecados. En las manos sacerdotales está depositado el mayor poder que existe en la tierra. Todos los psicoanalistas juntos no disponen del poder del que dispone la mano del sacerdote. Ellos pueden escuchar las culpas, pueden ayudar al hombre a abrirse, pero no quitarán el peso que oprime el corazón del hombre con los remordimientos de conciencia. El sacerdote, al tocar el corazón, lo libera del sentimiento de culpa, de la mayor desgracia que puede alcanzar al hombre. Cometemos pecados porque somos débiles; si no existiera, pues, ese poder de Dios que nos libra de las culpas y que está depositado en las manos del sacerdote, seríamos muy desdichados.
¿Por qué la mano del sacerdote ha sido dotada de ese poder? Porque en esas manos Cristo se dejó a sí mismo bajo las especies del pan y del vino. Puesto que el sacerdote reparte la Eucaristía, en las manos sacerdotales la Eucaristía nace, y en esas manos está el poder de perdonar las culpas. Si alguien, a causa del pecado, no puede acercarse a la Eucaristía, el sacerdote lo purifica, lo libera de la culpa y le da la Eucaristía.
El poder santificador de la mano sacerdotal es el gran milagro que existe en la tierra. Cuanto el sacerdote tome en sus manos, cuanto toque, puede santificarlo. Santifica las cosas y santifica a las personas, incluso cuando él mismo es pecador. Ese es el poder de Dios. Lo observamos del modo más perfecto durante la Santa Misa, cuando en las manos del sacerdote el pan y el vino son transformados en el Santísimo Cuerpo y la Santísima Sangre del Salvador. Ese es el mayor tesoro de la tierra.
El sacerdote santifica y bendice. No tiene que predicar la palabra de Dios, no tiene que pronunciar ni una sola homilía, y es plenamente sacerdote con tal de que celebre la Santa Misa y reparta la Eucaristía. La función sacerdotal más importante es santificar el pan y el vino y llevar a Dios mismo al corazón de otro hombre. He aquí la esencia de la vocación sacerdotal.
Que cada día brote de nuestros corazones una oración ferviente por los sacerdotes; que nuestra solicitud espiritual los fortalezca en el camino sacerdotal y se extienda a sus pies, para guiarlos y protegerlos.

