Meditaciones

Meditación para el Jueves Santo

El Jueves Santo es el día del recuerdo de todos esos hombres de sotana negra, de nosotros; remontaos con la memoria a los tiempos pasados, quizá a la Primera comunión, al instituto, a las discusiones de estudiantes, a los párrocos y a los vicarios, quizá a los compañeros del pupitre de la escuela, a los hermanos…

El Jueves Santo es también la institución del sacramento de la Eucaristía, cuya celebración está inseparablemente unida al sacerdocio.

El día de hoy es importante también para nosotros los sacerdotes. Porque fue precisamente hoy, en esa misma Última Cena, cuando Jesús instituyó el sacramento del sacerdocio. “Haced esto en memoria mía”.

No es casualidad que Jesús instituyera la Eucaristía y el sacerdocio en el mismo momento. Se puede afirmar con toda tranquilidad que el sacerdocio fue instituido ante todo para la Eucaristía. Donde no hay sacerdote, no hay Eucaristía: no hay ni Santa Misa ni Santísimo Sacramento. En estas cosas, como en ninguna otra, nadie puede sustituir al sacerdote. Y de ello se convencen, a veces muy dolorosamente, las personas que viven en países donde faltan sacerdotes. El sacerdocio es un don, igual que la Eucaristía. Es un don de Dios para el hombre.
Y, del mismo modo que la Eucaristía, es un misterio. Es un misterio, y debe probablemente seguir siéndolo, por qué Dios llama precisamente a estos y no a otros a una cercanía especial consigo. Es también un misterio el gran amor y la confianza de Dios, que puso en manos de los sacerdotes, hombres débiles y pecadores como todos, cosas tan grandes y santas. Y ¿cómo ven hoy las personas al sacerdote?

Pienso, aunque es solo mi opinión personal, que está bien que la gente hable de los sacerdotes, de nosotros. Sería malo que no dijeran nada. Y el hecho de que hablen demuestra que a la gente le importan los sacerdotes.

 Señor Jesús del Cenáculo, quiero confesarte hoy que no es fácil ser hoy sacerdote tuyo:

– es duro ser sacerdote cuando se tiene la impresión de que el viento sopla siempre de cara
– es duro ser sacerdote cuando se desea hacer el bien, servir, ayudar, y hay quienes dicen que ellos lo hacen solo para sí mismos, por comodidad…

– es duro ser sacerdote cuando muchos querrían que yo cambiara tu Evangelio

– es duro ser sacerdote cuando jóvenes y mayores me dicen que escuchar hablar de Ti es un aburrimiento

– es duro ser sacerdote cuando dicen que los sacerdotes no hacen nada, y yo a menudo no tengo tiempo ni para mí, y sin embargo los hay que hasta han perdido la salud, y a cambio les ha tocado además
la ingratitud

– es duro cuando uno quiere ser amigo y lo tratan como a un enemigo

– es duro cuando atacan tu Iglesia y tu sacerdocio y hablan de sus pecados olvidándose de los propios

– es duro ser sacerdote cuando me sonríen y en el corazón sienten aversión

– es duro escuchar los pecados de los demás y ser consciente de los propios

– es duro decir “Esto es mi Cuerpo” cuando el mío es tan débil, aunque el espíritu esté pronto

Querido mío – dirá Cristo – pero ¿acaso te dije yo alguna vez que sería fácil, sencillo y tranquilo? ¿No te decía más bien: “Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas. Y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero el que persevere hasta el fin, ese se salvará.”

Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán.

¿Y acaso mi doctrina gustó a todos, acaso no fui un remordimiento de conciencia para los fariseos, acaso no buscaban ocasión para sorprenderme en alguna palabra, para difamarme, para socavar mi autoridad? Y, al fin y al cabo, recurrieron incluso a la mentira para destruirme.

¿Nunca has leído la Carta a los Hebreos, en la que digo: “Todo sumo sacerdote, tomado de entre los hombres, está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está rodeado de debilidad. Y a causa de ella debe ofrecer sacrificios por los pecados, tanto por el pueblo como por sí mismo.”? ¡Entiéndelo! Si fueras perfecto, no podrías COM-PADECER a aquellos a quienes te envío. No sabrías acompañarlos, y quizá la soberbia te habría cerrado el camino del cielo. Además, ¡te conozco mejor de lo que tú te conoces a ti mismo!

Sí, Señor, ahora me da vergüenza haber empezado quejándome en este día tan especial, el Jueves Santo, porque en realidad soy feliz de que me hayas elegido:

– de que a veces estoy tan cerca de Ti que soy Tú mismo, en tu persona

– soy feliz cuando voy contigo a los enfermos y veo su alegría, su emoción y a veces incluso sus lágrimas

– soy feliz de ser a menudo signo de contradicción en el mundo

– soy feliz de que a veces logre consolar a alguien, enjugar sus lágrimas, despertar la esperanza

– soy feliz de que haya tantos que rezan por mí, por mi salud, por mis fuerzas, por mi perseverancia

Gracias, Señor, porque me das el deseo de la santidad, el amor, la esperanza, porque me permites celebrar tus sacramentos y pertenecerte solo a Ti. Señor, y aunque no te comprendo del todo, en esta tarde tan especial quiero decirte una vez más MI SÍ. Y repetir con el poeta, el difunto P. Jan Twardowski:

De mi propio sacerdocio tengo miedo,
de mi propio sacerdocio tengo temor,
y ante el sacerdocio caigo en el polvo
y ante el sacerdocio me arrodillo

Todo sacerdote es solo un hombre, débil y pecador; recordémoslo, como cualquier otro, y como todo hombre necesita la oración. ¿Rezas por los sacerdotes: por sus fuerzas, por la bendición, por su santidad, por su perseverancia en la gracia de la vocación sacerdotal? ¿O quizá solo sabes criticar y exigirles lo que tú mismo no serías capaz de cumplir?

 P. Marcin

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