Meditaciones

Mi sacerdocio

El sacerdocio es amor. El sacerdocio es participación en la vida de Jesús. Cada ordenación sacerdotal, cada aniversario de la propia ordenación o el Jueves Santo son un tiempo excepcional para una reflexión honda sobre el propio Sacerdocio. Creo que desde el principio quise ser sacerdote. Ese deseo despertó y creció bajo la influencia de la experiencia de una vida de Iglesia auténtica. En aquella Iglesia que eran mi familia y mi parroquia, en todo el ambiente en el que crecí, me resultó relativamente fácil reconocer lo más importante: a Jesucristo y su misericordia. Podía reconocerlo y, al mismo tiempo, experimentarlo en las verdades de la fe que me transmitían con gran convicción y fuerza. Mis seres queridos, los vecinos y, sobre todo, unos sacerdotes espléndidos y profundamente creyentes hablaban con su vida de su presencia. En ese clima nació mi deseo: que todos conozcan a Jesús, que vivan hermosamente, que sean felices.

Por otra parte, percibía con bastante claridad el deseo de muchas personas de estar más cerca de Dios. A aquellas personas que encontraba las acompañaba el hambre de Dios, el hambre de un cambio de vida y, en fin, el hambre de testigos de Cristo santos, celosos y auténticos. Especialmente nítida, y que me tocaba personalmente, era esa hambre de un buen Sacerdote, de un buen pastor. Con qué veneración y con qué apertura de corazón se rodeaba a los „sacerdotes de vocación”.

Las lecturas sobre las misiones influían en el continuo ahondamiento de mi deseo: ¡que todos conozcan a Jesús! Aquella aventura de „ayudar” a las personas a conocer a Dios y a vivir con Él en el corazón me parecía la más hermosa de las posibles. Participar en todo aquello que puede conducir al hombre hasta Dios era para mí algo inimaginablemente sublime y honroso. Sentía también que solo por ese camino podía ser plenamente feliz.

Entonces, hasta el momento de tomar la última decisión, nunca pensé qué sacaría de ello, en qué condiciones viviría, si tendría dinero y qué aspecto tendría mi casa. Se trataba solo de una cosa: que todos aquellos a quienes fuera enviado conocieran a Jesús. Él mismo me hacía sentir continuamente su presencia maravillosa. Cuántos signos de su amor, cuántas inspiraciones claras, cuánta discreta conducción: hasta hoy sigo descubriendo nuevos prodigios de su amor por mí en aquellos días. Ya entonces su Iglesia me colmaba de un gran amor. Se advertía, creo, mi vocación. Cuánta gente me rodeaba con su oración silenciosa cuando estaba junto al altar como monaguillo, cuánta gente ofreció su vida, su sufrimiento y sus dones materiales cuando entré en el seminario. Comprendí plenamente ese amor con ocasión de mi primera Misa. Tomado de entre los hombres y puesto para los hombres. A medida que fui entrando en el ministerio sacerdotal, la Iglesia se convirtió para mí en la casa y el mundo sin los cuales no podía imaginarme otro lugar en la tierra. Experimento cada día cuán hondamente me arraiga en mi pueblo. Al haber sido agraciado con la vocación y con la gracia del Sacerdocio, me convierto día a día en „propiedad” del mundo, de la Iglesia, de los hermanos y de cada hombre, incluso del que encuentro por casualidad. Cuánto significa para mí la imagen de Jesús, que recorría todas las ciudades y aldeas…, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a las muchedumbres, se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9,35-36). El sacerdocio se ha confiado a los hombres para bien de la Iglesia. El sacerdocio es amor. Ay de aquel que pretendiera aprovecharse del Sacerdocio para su propio provecho. La solidaridad con los hombres, la compasión, el compartir la misma suerte, la unión con los pobres, el conducir hacia la Verdad: he aquí los compromisos fundamentales que brotan de la naturaleza del Sacerdocio. El sacerdote es el que intercede ante Dios por su pueblo, el que reza por aquellos que se han confiado a su cuidado. Aunque ellos mismos estén a veces al margen, ocupados en sus asuntos, él permanece ante el Altísimo para que ellos tengan vida. La oración del breviario, la vigilia nocturna, el ayuno, la penitencia y el sufrimiento son la „ocupación” permanente del buen pastor. Aunque los templos estuvieran vacíos, aunque la indiferencia alcanzara a todos, el Sacerdote no puede sentirse desempleado.

El sacerdocio me introdujo en el mundo del poder de la Palabra de Dios. Hasta hoy soy testigo indigno de la fuerza de la Palabra del Dios vivo. ¡Es una Palabra de vida! Ante todo, para mí mismo es como el pan que como para vivir, para amar, para comprender, para sufrir con dignidad, para levantarme, para seguir adelante a pesar de las dificultades que atravieso. Esa Palabra se hace Carne, esa Palabra es una Persona a la que descubro cada día de nuevo y de la que saco mi fuerza para vivir.

Como sacerdote estoy unido directa y permanentemente al santísimo Sacrificio Eucarístico, que hace presente la obra pascual de Cristo. Qué alegría trae esta gracia: poder participar en ese santo misterio; poder, ante todo, sacar yo mismo vida nueva de esa ofrenda de su vida; poder servir en ese milagro del nacimiento de un hombre nuevo durante la celebración del banquete eucarístico con el Pueblo de Dios.

Transmitir a los demás el don de la vida de Dios en los santos sacramentos: he aquí el sentido más hondo de toda mi existencia y de mi servicio Sacerdotal. Al dar hoy gracias a Dios por el don inmerecido del Sacerdocio, recuerdo a aquellos a quienes bauticé, recuerdo a aquellos a quienes bendije al emprender juntos el camino del matrimonio. Con especial emoción recuerdo a aquellos a quienes acompañé en su paso a la casa del Padre. A pesar del dolor de morir y de la enfermedad devastadora, o de la edad, cuando se apagaba su vida terrena, por medio de mi ministerio, con la fuerza de la gracia de Cristo, nacían a una vida nueva. ¡El sacerdote es padre de la vida!

Mi ministerio sacerdotal sacramental en el confesonario remite a la tarde pascual, con el saludo lleno de significado del Señor: „¡Paz a vosotros!”. El poder de perdonar los pecados que Dios me transmite es terrible en su contenido y en su fuerza, e imprescindible en el camino hacia la casa del Padre. Quién describirá la alegría del pastor por la oveja hallada, quién describirá la alegría de la paz y de la felicidad en el corazón del hijo que vuelve. Muchas veces la experiencia mayor fue sentir en mí la fuerza del Espíritu Santo en momentos tan difíciles de la confesión y, al mismo tiempo, la alegría del testigo que contempla el cambio del corazón y la vida nueva en los hermanos que regresan.

Acoge también tú estas palabras de testimonio y reza por los sacerdotes, por los cercanos y por los desconocidos. P. Adam

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