Sacerdote de precio o de valor, o sobre la fuente sacerdotal de la dignidad

„Hoy la gente conoce el precio de todo y el valor de nada” / Oscar Wilde/ El problema surge cuando taso mi valor a partir de cómo me ven los demás...
Sacerdote de precio o de valor, o sobre la fuente sacerdotal de la dignidad
El problema surge cuando taso mi valor a partir de cómo me ven los demás: espero los comentarios después de la catequesis, sigo las reacciones de los fieles durante la homilía, compruebo el número de „me gusta” en Facebook. Corro entonces el riesgo de acumular rencores y de alimentar un sentimiento de hostilidad hacia quienes me trataron mal, o hacia quienes, según yo, no me mostraron respeto. Y así la cizaña de la aversión mutua irá envenenando lentamente el trigo del vínculo fraterno.
Al mirar mi sacerdocio y mirarme a mí mismo debo, por tanto, alejarme de la tentación de tasar mi vida, porque ceder a ella me privará del vínculo con los demás y acabará levantando un muro de aislamiento. Sí, si cedo a ese modo de pensar, pronto sentiré sus consecuencias: si me sale bien la catequesis, significa que soy bueno, pero si no me sale la homilía, soy malo; o si el párroco no me consiente algo, significa que es malo, pero si un hermano nota el esfuerzo que puse en preparar la hoja parroquial, es bueno.
El remedio resulta ser mirarme a mí mismo con los ojos de la fe, es decir, como me mira Dios. Y así llegamos al papel de la espiritualidad: sin ella no veo a Dios, sino solo a mí mismo y a los demás. Cuando la motivación para ser fiel a las prácticas espirituales es el deseo de tener siempre ante los ojos la imagen de Dios, entonces permanezco en el mundo de los valores. Dios pertenece al mundo de los valores que Él creó, y no lo encontraré en el mundo de mis listas de precios. Soy yo quien debe ir hacia Él, porque de nada sirve inventarse un dios a mi medida.
La experiencia de los años de vida sacerdotal que pasan muestra que ante mis ojos desfilan imágenes diversas, verdaderas y falsas. Las falsas no tendrían ninguna posibilidad si mi imagen de Dios fuese pura; sin embargo, me atacan continuamente a causa de un defecto: mi inclinación a la ilusión.
¿Cuál es el remedio? Hablaba a menudo de él el difunto P. Bronisław Mokrzycki: „Dios no es el Dios de las imaginaciones, sino de los acontecimientos.” Sí, la esperanza para mi sobriedad sacerdotal en las imágenes es que no buscaré a Dios en mis imaginaciones, sino que lo encontraré en los pequeños y grandes acontecimientos de mi vida. Entonces descubriré de nuevo mi valor y no tendré que tasarme en la bolsa de los catequistas, los predicadores y los confesores.
P. Jacek Nawrot

