La confesión y el sacerdocio

El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la tarde de la Resurrección el Señor se apareció a los discípulos encerrados en el Cenáculo y, después de saludarlos con un „Paz a vosotros”, sopló sobre ellos y les dijo: „Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,21-23). Este pasaje nos revela la dinámica más honda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de los pecados no es algo que podamos darnos a nosotros mismos. Yo no puedo decir: „me perdono los pecados”. El perdón hay que pedirlo; se le pide a otra persona, y en la Confesión pedimos a Jesús el perdón (de nuestros pecados). El perdón no es el resultado de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, un don del Espíritu Santo, que nos colma con el baño de misericordia y de gracia que brota sin cesar del corazón traspasado de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que solo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz. Y esa paz la experimentamos en el corazón cuando vamos a la Confesión con un peso en el alma, con tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús, tenemos en nosotros la paz, esa paz del alma que solo Jesús puede regalarnos. Solo Él.
Con el paso del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de la forma pública de la confesión de los pecados —pues al principio se practicaba públicamente— a esta forma personal, reservada a la Confesión. Esto, sin embargo, no puede llevar a perder el carácter eclesial, que constituye su contexto esencial. Porque la comunidad cristiana es el lugar en el que se hace presente el Espíritu que renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una sola cosa en Cristo Jesús. Precisamente por eso no basta pedir perdón en la propia mente y en el propio corazón, sino que hay que confesar los propios pecados con confianza y humildad ante el ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce a sí misma en la debilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con él y lo anima y lo acompaña en el camino de la conversión y también de la maduración humana y cristiana. Alguno puede decir: „yo me confieso solo con Dios”. Sí, puedes decirle a Dios: „perdóname”, y confesarle tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por eso es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos por medio de la persona del sacerdote. „Padre, pero es que a mí me da vergüenza…”. También la vergüenza es algo bueno; la vergüenza es un signo sano, porque el sentimiento de vergüenza sana. Si alguien no siente vergüenza, en mi tierra decimos de él que es un „sinvergüenza”. Pero el sentimiento de vergüenza nos hace bien, porque nos hace más humildes, y el sacerdote acoge con amor y con ternura esa Confesión y en nombre de Dios perdona los pecados. Incluso desde el punto de vista humano, para sentir alivio es bueno hablar con un hermano y decirle al sacerdote todo aquello que pesa en el corazón. Y el hombre siente que halla alivio ante Dios, por medio de la Iglesia, del sacerdote. ¡No hay que tener miedo a la Confesión! Cuando alguien está en la cola para confesarse, siente todo eso en su interior, también el sentimiento de vergüenza, pero al terminar la Confesión sale libre, grande, hermoso, como aquel a quien se le ha perdonado, limpio, feliz. ¡Y esa es la hermosa experiencia de la Confesión! Quisiera preguntaros —no lo digáis en voz alta, que cada uno responda en su corazón—: ¿cuándo te confesaste por última vez? Que cada uno lo piense… ¿Hace dos días, hace dos semanas, hace veinte años, hace cuarenta años? Que cada uno haga sus cuentas y se responda a la pregunta de cuándo hizo su última Confesión. Y si hace ya mucho tiempo, no pierdas más tiempo, ve, porque el sacerdote será comprensivo. Allí está Jesús, y Jesús es mejor que los sacerdotes; Jesús te acogerá, te acogerá con un amor inmenso. Sé valiente y ve a la Confesión.
Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la reconciliación significa ser envueltos en un abrazo cálido: es el abrazo de la misericordia infinita del Padre. Recordamos aquella hermosísima parábola del hijo que abandonó su casa llevándose el dinero heredado. Cuando lo gastó todo y ya no le quedaba nada, decidió volver a casa no como hijo, sino como siervo. En su corazón tenía un gran sentimiento de culpa. La sorpresa llegó cuando empezó a hablar y a pedir perdón. Entonces el padre lo interrumpió, lo abrazó, lo besó y organizó una fiesta. Y yo os digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos toma en sus brazos, Dios nos hace una fiesta. Sigamos adelante por este camino. Que Dios os bendiga.
Quiero daros un consejo: sed transparentes ante el confesor. Siempre. Decidlo todo, no tengáis miedo. «¡Padre, he pecado!». Hay que decir siempre la verdad al confesor. Esa transparencia hace bien, porque despierta en nosotros la humildad, en todos. «Padre, he seguido en esto, he hecho aquello, he odiado»… sea lo que sea. Decid la verdad, sin esconder nada, sin medias palabras, porque estás hablando con Jesús en la persona del confesor. Y Jesús conoce la verdad. ¡Solo Él te perdona siempre! Y el Señor solo quiere que tú le digas lo que Él ya sabe. ¡Transparencia!
Que cada uno se pregunte: ¿cuándo me confesé por última vez? Ha pasado mucho tiempo. No pierdas ni un día. ¡Anímate y ve a confesarte! El sacerdote será bueno contigo. ¡Allí está también el Señor Jesús, que es mejor que los sacerdotes! ¡Jesús te acogerá con un amor inmenso! Sé valiente y anímate a ir a confesarte.

