La sotana

La sotana es el traje de los clérigos y de quienes se preparan para ser sacerdotes. Cierto seminarista, el día en que se puso la sotana por primera vez, recibió una carta de un amigo unos años mayor que él. Esto es lo que aprendió sobre la sotana:
La sotana. Hoy, a tus ojos, es más hermosa que el vestido de una novia. Eres feliz con ella, y con razón. La esperabas desde el comienzo del seminario.
Espero que seas igual de feliz con ella cuando empiece a ser para ti también aquello a lo que su color invita a pensar: una mortaja, un uniforme para morir. Hoy es un vestido de novia que te maravilla a ti, a tus seres queridos y a tus amigos. Quédate igual de maravillado con ella cuando empiece a ser una celda, una jaula, un horno en el que Dios te fundirá y te purificará, una ermita inquieta.
Ese vestido de novia, cuando haga falta, será también tu coraza, siempre que quieras recordarlo y servirte de ella. Llevar sotana puede y debe ser en sí mismo una oración, pero no se convierte en oración automáticamente por abrochar los botones.
Los bolsillos. Los hondos están para que tengas dónde guardar todo aquello con lo que obsequiarás a la gente. Ten siempre algo que dar a los necesitados y a los niños. Recuerda que la gente te estará más agradecida por una moneda de dos eslotis, una sonrisa y una buena palabra que por un hermoso canto gregoriano. Porque las personas necesitan ante todo oír que son amadas. Y más aún que oírlo, necesitan ver que es verdad.
El bolsillo interior del pecho. Al contrario de lo que sostienen los árbitros de la elegancia pontifical, no sirve en absoluto para guardar en él una pluma cara. Lleva en él las cartas que no sabes cómo contestar, los papeles con los nombres de aquellos por quienes prometiste rezar, las facturas que decidiste pagar por otros, las direcciones a las que sabes que habrá que ir porque ellas solas nunca vendrán, las fotos de perros, gatos, nietos y enamorados, las hojas y los dibujos que te regalaron los niños del parvulario. Que ese bolsillo esté siempre a rebosar.
Que la sotana se te enrede entre las piernas y te estorbe cuando intentes pavonearte como un pavo real y barrer el suelo con la cola de tus ambiciones. Ojalá tropieces siempre con ella cuando te lleve por caminos extraviados. Y te llevará. Pero no tengas miedo de recogértela y correr hacia el hermano necesitado. Aunque tengas que quedar en ridículo, pareciendo un payaso.
Las mangas se pueden remangar más allá de ese puño simbólico. Él recuerda que la sotana no es un uniforme de gala, sino un traje de trabajo. Pero remángate solo para el trabajo que Él te mande hacer. Nunca para una revolución de tu propia invención.
Te deseo que en tu sotana aparezcan cercos blancos de sal. En la espalda, del sudor; y en el pecho, de las lágrimas: las tuyas propias y las de quienes, acurrucados en ti, llorarán contigo mil penas pequeñas y grandes, mortalmente serias y del todo insignificantes. Y te deseo que esas huellas aparezcan mucho antes de que aparezcan las huellas blancas en tu pelo.
No tengas miedo de arrugarla y de ensuciarla lanzándote a socorrer a los necesitados y a los heridos. Que no te dé pena usarla para vendas y apósitos sobre las heridas del hombre. Recuerda que, en caso de necesidad extrema, con un poco de empeño se puede hacer de ella un manto o una tienda.
Que se te desgaste antes en las rodillas y en los hombros —de rezar y de cargar con las cargas de los hombres— que en el trasero y en los codos, de estar cómodamente sentado y de abrirse paso a codazos entre la multitud. Ámala a ella, y no a ti mismo dentro de ella. Y, sobre todo, ama a la Iglesia, que hoy te la entrega. Y más aún a Jesús, que te dio la Iglesia y que te dio a ti a la Iglesia, por lo cual también yo hoy le doy tantísimas gracias.
P.D. Recuerda que en el autobús y en el metro todos creen tener más derecho al asiento que un sacerdote. Y, sinceramente, importa poco si tienen razón. Lo que importa es que, llegado el caso, al atraer el odio sobre ti no lo atraigas también sobre Dios. Cada vez más gente te mirará, porque la sotana distingue. Pero también intimida, así que cada vez menos tendrán el valor y las ganas de llamarte la atención. Eso, sin embargo, no significa en absoluto que no tengan motivos para hacerlo. Recuerda que tu sotana no es el envoltorio de un producto acabado. El Señor te vistió con ella para cubrir misericordiosamente tus carencias. Sabiéndolo, serás feliz (cf. Jn 13,17).
P. Michał Lubowicki | 21/06/2017
Artículo publicado en el sitio Aleteia.

