Oraciones por los sacerdotes

Oración por los sacerdotes

Señor Jesús, ¡qué bien que nos hayas dado sacerdotes que nos guían en tu lugar, nos anuncian tu Palabra, celebran la Eucaristía y nos reconcilian contigo y entre nosotros! Te damos gracias por la confianza que pones en los hombres y porque quieres permanecer, en tu humanidad, tan cerca de nosotros.
Tú mismo sabes mejor que nadie el riesgo que asumiste. Pues ningún hombre puede presentar y transmitir tu grandeza, tu amor y tu paternidad como merecen. Es como una prolongación de tu anonadamiento después de hacerte hombre y morir en la cruz el que hayas elegido a hombres para que, por la participación sacramental en tu sacerdocio, guíen al Pueblo de Dios en tu nombre y en tu Persona.
Desde el principio conocías las limitaciones humanas y los pecados de tus elegidos, pero, como sucede siempre, esas debilidades han de hacer más visibles tu grandeza y tu misericordia. Queremos ser agradecidos por estos hombres a través de los cuales recibimos tu gracia. Queremos respetarlos como representantes tuyos, aunque no nos sea lícito sobrevalorar su papel, porque solo tú eres Dios, solo tú eres el mediador, ¡solo tú el verdadero Sumo Sacerdote! Que ningún hombre nos separe de ti: que ningún santo te deje en la sombra, ¡que ningún pecador nos aleje de ti!
Por eso te pedimos la justa medida en nuestra relación con nuestros sacerdotes. Permítenos mirarlos siempre con fe, pero también con realismo. Haz a los sacerdotes fuertes, sabios y fieles en el seguimiento tuyo, y a nosotros humildes, dispuestos a aceptar su ayuda y sensatos en las relaciones humanas. Hazlos fuertes, sabios y fieles en el seguimiento tuyo, y a nosotros humildes, dispuestos a aceptar su ayuda y prudentes en las relaciones humanas. Danos sacerdotes santos que fortalezcan nuestra fe. Haz que sean hombres auténticos y dignos de amor, para que podamos confiar en ellos y ser cristianos con alegría.
Señor Jesús, ayúdanos a comprender mejor que no solo los sacerdotes tienen una gran responsabilidad sobre sus comunidades, sino que también todos los cristianos son corresponsables de sus hermanos sacerdotes. Por eso pedimos para ellos la fuerza purificadora y santificadora de tu Sangre, que tan a menudo tienen en sus manos cuando elevan al cielo, por todos nosotros, el cáliz de la Eucaristía.
Permítenos encontrarnos con respeto con quienes, por la ordenación y el ministerio, están tan cerca de Dios. Pero permítenos también ver con amor la verdad y llamar por su nombre los momentos en que los responsables de tu rebaño se equivocan o muestran debilidad o dureza humanas. Danos valor para una crítica constructiva, sabiduría para reconocer el momento oportuno, sensibilidad para las palabras que ayudan y la mesura que trae remedio, para que nadie pierda la fe y la gracia por nuestro silencio pasivo.
¡Guárdanos, sin embargo, de propagar las noticias escandalosas! Una buena madre ve los errores de sus hijos y los lleva junto con ellos, para sanar y salvar. Del mismo modo, tampoco nosotros queremos cerrar los ojos ante lo injusto. Queremos intervenir solo allí y solo de tal modo que se evite un daño mayor y se ayude a quienes están en el error.
María, buena Madre de los sacerdotes y de toda la Iglesia, ayúdanos a todos con tu ejemplo y tu intercesión. Amén.

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