Oraciones por los sacerdotes

Consagración de los sacerdotes al Inmaculado Corazón de María

Consagración de los sacerdotes al Inmaculado Corazón de María por el papa Benedicto XVI en Fátima, el 13 de mayo de 2010.

Madre Inmaculada, en este lugar de gracia, convocados por el amor de tu Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos, nos consagramos a tu corazón materno, para cumplir con fidelidad la voluntad del Padre.

Sabemos que, sin Jesús, no podemos hacer nada bueno (cf. Jn 15, 5) y que solo por Él, con Él y en Él seremos para el mundo instrumentos de salvación. Esposa del Espíritu Santo, alcánzanos el don inestimable de la transformación en Cristo. Ayúdanos y haz que, por la misma fuerza del Espíritu que te cubrió con su sombra y te hizo Madre del Salvador, tu Hijo, Cristo, nazca también en nosotros. Que así la Iglesia pueda ser renovada por sacerdotes santos, transfigurados por la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Madre de Misericordia, fue tu Hijo Jesús quien nos llamó a ser como Él luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13-14). Ayúdanos con tu poderosa intercesión a no faltar nunca a esta sublime vocación, a no ceder a nuestros egoísmos, a las lisonjas del mundo ni a las sugestiones del Maligno. Consérvanos con tu pureza, custódianos con tu humildad y envuélvenos con tu amor materno, que, reflejado en tantas almas consagradas a ti, ha hecho de ellas verdaderas madres espirituales para nosotros.

Madre de la Iglesia, nosotros los sacerdotes queremos ser pastores que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando en ello su felicidad. Deseamos decir humildemente nuestro «aquí estoy» no solo con palabras, sino con la vida de cada día. Guiados por ti, queremos ser apóstoles de la Divina Misericordia, felices de poder celebrar cada día el Santo Sacrificio del Altar y de ofrecer a quienes nos lo pidan el sacramento de la reconciliación. Abogada y Mediadora de la gracia, tú que estás plenamente inserta en la única mediación universal de Cristo, alcánzanos de Dios un corazón enteramente renovado, que ame a Dios con todas sus fuerzas y sirva a la humanidad como tú serviste. Repite al Señor tus palabras persuasivas: «no tienen vino» (Jn 2, 3), para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros el Espíritu Santo, como en un nuevo Pentecostés. Tu presencia constante entre nosotros despierta en mí asombro y gratitud, y por eso, en nombre de todos los sacerdotes, también yo quiero exclamar: «¿Quién soy yo para que venga a mí la Madre de mi Señor?» (Lc 1, 43). Madre nuestra desde siempre, no dejes de «visitarnos», de consolarnos y de sostenernos. Ven en nuestra ayuda y líbranos de todo peligro. Con este acto de entrega y consagración expresamos el deseo de que habites de modo más profundo y radical, para siempre y por completo, en nuestra vida humana y sacerdotal. Que tu presencia haga florecer el desierto de nuestra soledad y brillar el sol sobre nuestras tinieblas, que haga volver la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones para siempre unidos al tuyo. ¡Así sea! Amén.

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