
La pregunta sobre el sacerdocio vuelve a mí de vez en cuando. Se dice que el sacerdocio es un misterio. Aunque esa afirmación la usó un gran papa, Juan Pablo II, guardando el respeto a su grandeza me atrevo a decir que no me gusta esa respuesta. A veces se emplea como una forma de huida de esa pregunta que inquieta. Porque toca la identidad del sacerdote, mi identidad. Si yo tuviera que enfrentarme a ella, seguramente diría que para mí el sacerdocio es… un triángulo. Un triángulo de relaciones entre Dios, la Iglesia (las personas) y yo mismo. Si falta uno de estos elementos, se tiene la experiencia de que algo falta.
Si un chico entiende el sacerdocio solo en el plano de la relación personal con Dios (yo-Dios), cabe preguntar entonces cómo realiza la llamada de Dios al servicio. Al fin y al cabo, Dios instituyó los sacramentos para su Iglesia, como signos visibles de su Amor. El sacerdocio no es, pues, solo un asunto privado de un sacerdote determinado.
Cuando permanece en el plano de la relación del hombre con los hombres, entonces no se diferencia mucho del trabajo de un activista social, disperso en mil menudencias. Una vida así, aunque parezca muy útil y simpática, pierde sin embargo su significado, el de ser Comunicación de Dios.
De modo semejante, cuando el sacerdocio se entiende únicamente como la relación de los hombres con Dios, sin su elemento visible en la persona concreta del sacerdote, se pierde la conciencia de la Gracia, que actúa concretamente y envía a personas concretas, dotándolas de carismas.
Yo mismo he tenido en mi vida etapas distintas. He vivido ya el tiempo del sacerdote-activista, cuya vida estaba dispersa en los asuntos de la gente de la comunidad. Últimamente vuelve a mí con mucha fuerza la Llamada de Dios. Ahora ya no tanto al servicio (de ese no me falta), sino a la unidad de mi corazón con el Corazón ardiente y lleno de Vida de Dios. Hay en ello una llamada fuerte de Dios, que quiere hablarme, sea durante mi oración personal, sea durante el ministerio.
En ese triángulo es importante para mí el contacto con la gente. Me conmueve enormemente la oración de mis amigos de las comunidades en las que sirvo. Cada año, antes de la solemnidad de mi Patrono, recibo de los estudiantes montones de promesas de oración. Es para mí muy valioso. A veces son mensajes y cartas que escriben por internet. A veces los recibo en papelitos pequeños. Tengo un tarro especial en el que guardo esas notas. Me gusta mucho volver a ellas.
Siempre tengo entonces un gran problema, porque no encuentro palabras capaces de describir toda mi emoción y mi gratitud por ese apoyo.
Si lees estas palabras y tomas la decisión de sostenernos con la oración a nosotros, los sacerdotes, has de saber que ya ahora quiero darte de corazón las gracias.
P. Paweł SJ


