Testimonio de una persona que reza

Para que los sacerdotes amen a Jesús

Para que los sacerdotes amen a Jesús

Llevo 22 años en la Misión de Betania para el apoyo a los sacerdotes. Era una muchacha adolescente cuando encontré un artículo diminuto sobre la Misión en «Gość Niedzielny». Sabía que quería comprometerme en la oración por los sacerdotes. En mi vida he conocido sacerdotes muy buenos. En otro tiempo todos ellos me parecían santos, y mis Padres me inculcaron el respeto hacia las personas consagradas. Nuestra casa estuvo también siempre abierta para ellos. Hoy soy religiosa. Puedo decir que en mi vocación influyó asimismo el testimonio del amor de Dios que veía en los sacerdotes que trabajaban en mi parroquia natal. Siempre me conmueve profundamente ver a un sacerdote que tiene una relación viva con Jesús.

Como religiosa me he convencido de que tanto las hermanas (lo digo también de mí misma) como los sacerdotes estamos apenas en camino hacia la santidad y a menudo nos falta bastante para llegar a ella. Colaboro además con sacerdotes y veo diversos problemas con los que se debaten y de los que un feligrés corriente no tiene la menor idea. Por eso mismo veo todavía más el sentido y la enorme necesidad de sostener a los sacerdotes con nuestra oración. Deseo muchísimo que los sacerdotes, que cada día tienen a Jesús en sus manos, lo amen con todo el corazón, que estén del todo entregados a Él. Creo que es precisamente su santidad personal, su unión con Jesús, lo que puede encender a la santidad a los fieles. Su testimonio puede atraer a Dios a muchísima gente.

A lo largo de todos estos años me he convencido de que la oración por los sacerdotes es probablemente la parte más esencial de mi espiritualidad personal. He tenido experiencias distintas de trabajo y de colaboración con sacerdotes. A veces incluso me decía que de verdad ya no tenía sentido, que no quería seguir rezando por ellos. Sin embargo, Dios hizo de algún modo que nunca me apartara de esa oración diaria, y le estoy agradecida por ello. Hoy tengo tres Encomendados, por los que rezo cada día. Rezo por ellos desde por la mañana, en cuanto me despierto; me acuerdo de ellos también al acostarme, y durante el día le hablo de ellos al Señor Jesús.

Quisiera decir todavía solo que no podemos idealizar a los sacerdotes: también ellos son personas corrientes. Llevan en sí un don que no tiene precio, gracias al cual, por su ministerio y sobre todo por los sacramentos, podemos encontrarnos con Dios. Hablemos con los sacerdotes, seamos exigentes con ellos, pero sostengámoslos también en su trabajo. También ellos necesitan saber que pueden contar con nosotros. Vale la pena acompañarlos sencillamente como personas… Y, ante todo, recemos por ellos, para que sean tales como Jesús quiere que sean.

Una hermana

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