
Es una tarea increíblemente apasionante. Ser instrumento del que se sirve Dios mismo para reconciliar consigo a las personas, para decirles que tienen otra oportunidad, que pueden empezarlo todo de nuevo, que no todo está aún perdido: eso no tiene precio. Es una alegría inmensa para el confesor oír que la persona que en ese momento se confiesa está de verdad bien preparada para este sacramento, que se ha tomado en serio a Dios y no está soltando de carrerilla la fórmula anual, o incluso mensual. No es cierto que en el sacramento del perdón reciba solo el que se confiesa, el penitente. ¡No es verdad! Yo, como confesor, también recibo muchísimo. Alegría, ante todo, por el hecho de que esa persona se ha reconciliado con Dios, de que ha reconocido su culpa y ha venido a pedirle perdón a Dios, de que se ha dado cuenta de que ese no es el camino, de que ha encontrado la mejor solución posible para sus dificultades y sus problemas. Alegría también por la bondad de Dios experimentada de manera palpable, por su misericordia, que es inmensa. Es algo increíble, sencillamente no se puede volcar del todo en el papel; es una alegría que llena por entero el corazón ¡¡¡y todavía sale hacia fuera!!! Recibo también, gracias al ministerio en el confesonario, una fuerza enorme para luchar por Dios en mi vida y en la vida de las personas que me han sido confiadas. Esa fuerza me permite además sobrevivir a mis propias crisis, hundimientos y fracasos. Por encima de todo, ser confesor me enseña la humildad, cuando sencillamente no sé qué decirle a una persona, cuando yo mismo me siento como una escoba sin cerdas, mucho más lejos y más extraño ante Dios que el hombre que confiesa sus pecados. Confesar me enseña la capacidad de ponerme en la situación del otro, de inclinar la cabeza cuando alguien pone todas sus fuerzas en avanzar aunque sea un poco en el camino hacia Dios. Sentarme en el confesonario es también para mí una medida de si no debería ya ocupar yo el lugar del otro lado de la rejilla, no en postura sentada, sino de rodillas. Querer ser un buen confesor exige de mí, sin duda, una confesión propia regular y bien vivida. Nunca será buen confesor quien no se confiesa él mismo, o lo hace mal, con descuido. P. Maciej

