
Deseo compartir de qué modo la oración por los sacerdotes, y sobre todo la adoración del Santísimo Sacramento, transforma mi mirada sobre el sacerdocio, muestra su belleza y mueve a rezar por los sacerdotes. Pertenezco a la Congregación de las Hermanas de la Familia de Betania, cuyo carisma particular es la oración por los sacerdotes. Hace más de 25 años, cuando servía como sacristana, tuve la posibilidad de tratar directamente con sacerdotes. Iba conociendo su apostolado y las dificultades e incomprensiones que lo acompañan.
Decidí entonces ofrecer cada día por ellos una hora de adoración del Santísimo Sacramento. Al venir a los encuentros diarios con Jesús Eucaristía pasaba junto a los sacerdotes que confesaban. Procuraba rezar por su ministerio, enviando mi oración a los confesonarios y también a todos los lugares a los que cada día van los sacerdotes, para que fueran guiados y protegidos por la fuerza de Dios. Durante la adoración el Señor me descubría la belleza del sacerdocio, quién es de verdad un sacerdote. Pienso que me dejó mirar a los sacerdotes casi con sus propios ojos: hombres débiles y pecadores como nosotros y, sin embargo, colmados por Él de una gran fuerza de lo alto. Comprendí cuánta falta hace nuestra oración por los sacerdotes, por su perseverancia y su santidad, pero también por su protección frente al mal. Deseé compartir esta experiencia con otros, extender nuestro carisma betaniano de oración a un círculo más amplio de personas.
Y así precisamente, en la oración de adoración, nació la Misión de Betania para el apoyo a los sacerdotes, que hoy abarca con la protección de la oración a más de 8 mil sacerdotes, porque son tantas las personas que han declarado rezar por un sacerdote concreto durante toda su vida.
Jesús me permite cada día descubrir con más fuerza y más hondura el tesoro del sacerdocio. Hoy doy gracias a Dios por poder experimentar la fuerza de la bendición sacerdotal, por tocar en el sacerdote a Jesús vivo, que por sus manos me alimenta con su Palabra y su Cuerpo, perdona los pecados, fortalece y bendice en lo cotidiano. Doy gracias a Dios por poner en mi vida sacerdotes que, anunciando su Palabra con fe y con la fuerza del Espíritu Santo, tocan mi corazón y lo abren a la acción de la gracia de Dios. Hoy sé que mi vocación como hermana es también amar el sacerdocio y compartirlo con otros.
hna. Gabriela

